Emigré a Australia a los 27 con una hija: lo que nadie te cuenta sobre empezar de cero
Tenía 27 años, una maleta llena de miedos y una hija de cinco años tomada de la mano. Llegar a Australia fue mucho más que un cambio de país: fue un renacer que nadie me enseñó a vivir. Asumí mil retos en muy poco tiempo: cambio de idioma, de rutina, de vida… y de esa versión que conocía de mí misma.
El día antes de partir de Colombia tenía todos los sentimientos encontrados: la emoción de conocer un nuevo lugar, la ansiedad de que todo saliera bien y todos los documentos estuvieran en orden, la nostalgia de dejar a mi familia, el miedo a lo desconocido… y, al mismo tiempo, la certeza de que los sueños se hacen realidad cuando trabajamos por ellos.
Tenía una vida tranquila, cómoda y llena de privilegios. Vivía en Bogotá y trabajaba desde casa en mi propia empresa. De vez en cuando salía a reunirme con clientes; mi hija estaba en el jardín infantil y pasaba algunas vacaciones con sus abuelos en Cúcuta. Todo parecía estable… y lo era. Yo ni imaginaba la montaña rusa emocional que vendría cuando, un día, resonó conmigo la idea de aplicar a una visa de estudiante en Australia.
¿Por qué decidí migrar a Australia con una hija?
Mi motor y motivo principal fue mi hija: darle a ella la oportunidad de crecer con dos idiomas, en un entorno más tranquilo y seguro.
La idea de emigrar con hijos nunca había cruzado mi mente, hasta que tuve una pequeña prueba. Pasamos varios meses en Estados Unidos visitando a mi hermana. Mi trabajo me permitía estar en cualquier lugar… y así lo hice. Y entonces conocí un estilo de vida diferente.
Y es que una cosa es ir de vacaciones a algún lugar, y otra es vivir unos meses en ese lugar. Fue una experiencia que me permití vivir y que cambió mi visión del mundo.
Porque esa es la magia de los viajes: nunca volvemos a ser los mismos.
Definitivamente ese fue un antes y un después. De regreso a Colombia, después de esa temporada en Estados Unidos, algo dentro de mí quería seguir en esa aventura de vivir en el exterior. Revisé las opciones reales y, en ese momento, Australia era el único país que me permitía estudiar inglés, trabajar legalmente y viajar en familia bajo una misma visa. Evalué más opciones (Canadá y Malta), claro, pero ganó Australia.
Los primeros días en Australia: entre la emoción y la incertidumbre
Los primeros días en un nuevo destino están llenos de asombro. Y así se sintió cuando llegamos a Melbourne en 2019. Los edificios, las carreteras, la gente, todo me parecía maravilloso.
Empecé a adaptarme muy lentamente. Primero vino el jet lag. Mi cuerpo aún no entendía qué hora era, y me tomó unos días ajustarme. Luego enfrenté la barrera del idioma: yo quería esconderme en un rincón del mundo y no hablar con nadie. Me daba pena, porque no hablaba mucho inglés. Pero debía hacerlo, porque no había otra forma de comunicarme, sin embargo, contestar llamadas era algo que evitaba a toda costa.
Por fortuna, en ese entonces contaba con el apoyo de familiares que nos recibieron y nos explicaron absolutamente todo: cómo aplicar a trabajos, cómo conseguir una sim card, cómo abrir una cuenta bancaria, cómo obtener los papeles para trabajar legalmente, cómo buscar casa en Australia, incluso cómo se trabajaba en limpieza.
Emigrar con hijos: lo que nadie te cuenta
También nos explicaron cómo llegar a la escuela: la mía y la de mi hija. Ella acababa de cumplir cinco años, y en Australia, a esa edad, estar matriculado en una escuela no es opcional, es obligatorio.
Recuerdo con claridad esa primera caminata por la city de Melbourne (así le decimos al centro de la ciudad en Australia). Recuerdo también nuestra primera visita al colegio de mi hija: fuimos a firmar documentos y a entender cómo funcionaría todo. Yo no sabía ni qué empacarle en la lonchera… hasta eso era diferente.
Nos explicaron el horario (de 8:30 a.m. a 3:15 p.m.) y cómo estaba distribuido el día: primero un tiempo para comer fruta, luego otro espacio para algo más ligero como galletas o jugo, y finalmente, la hora del almuerzo.
No olvido ese primer día de clases. Me impactó ver tantos niños caminando solos hacia la escuela, algo impensable en muchos países. Eso, por sí solo, decía mucho sobre la seguridad y la cultura en la que estábamos comenzando a vivir.
Y sí… ese día exageré con el almuerzo. Cuando fui a recogerla, la mitad de la comida seguía intacta. La profesora, muy amable, me sugirió no enviar tanto. Tuvimos que recorrer el colegio buscando los diferentes recipientes de su comida. Se había terminado la etapa en que alguien estaba siempre tras ella ayudándola a comer o a guardar sus cosas. Ese día ambas entendimos muchas cosas. Y fue inevitable: la rutina cambió.
El proceso de adaptación: para ella y para mí
El cambio fue duro. Para los dos. La rutina, el idioma, la red de apoyo que ya no estaba. Todo eso nos desafió. Pero también creo que fue todo eso lo que nos hizo más fuertes.
Los primeros tres meses fueron especialmente difíciles para mi hija. Ser una pequeña migrante en Australia no fue una elección que ella hizo. Y tuve que armarme de fortaleza para poder sostenerla a ella.
Durante esos tres meses, mi hija no hablaba con nadie. Ninguno de sus profesores entendía su idioma. Solo tres compañeros chilenos que habían llegado meses antes la ayudaban. Uno de ellos, en su misma clase, fue su ángel.
Fueron tres meses de preguntas: ¿habré tomado la decisión correcta? ¿Deberíamos regresar a Colombia? Tres meses viéndola callada, triste. Tres meses con el corazón en la mano…
Pero un día todo hizo clic. Esa pequeña que no podía hablar inglés, de pronto hablaba con fluidez. ¡Su cerebro procesó todo tan rápido!

Los sacrificios invisibles de la migración
La nostalgia también llegó. Recuerdo a mi hija acompañándonos muchas veces al trabajo. En esos primeros meses en Australia, nuestros empleos eran, básicamente, de limpieza. Ella esperaba con paciencia a que termináramos. A veces con sueño, otras veces con los ojos llenos de preguntas que yo no siempre sabía responder. Porque, la verdad, yo tampoco entendía del todo lo que estaba pasando.
Adaptarse como pareja también fue un desafío silencioso. Coordinar horarios, turnarnos para cuidar a nuestra hija, trabajar sin pausas, resolver los mil asuntos prácticos que implica migrar en familia… Todo demandaba una versión de nosotros que no conocíamos aún.
Con el tiempo, empecé a sentirme desconectada. A pesar de estar haciendo mil cosas, sentía que no estaba haciendo nada verdaderamente mío. Me veía cada vez más lejos de la vida que había construido en Colombia, y todavía sin un lugar real en Australia.
Migrar con hijos no es una historia color rosa. Es intensa, exigente y profundamente transformadora. El primer año es, sin duda, el más retador: el dinero no alcanza, los trabajos son inciertos, los contactos escasean, la cultura es un rompecabezas por descifrar. Todo es nuevo: el idioma, las normas, incluso las señales de tránsito (y sí, también pagamos multas por no entenderlas).
Y a pesar de todo, tienes una personita que depende de ti, que necesita estabilidad, rutinas, amor. Como me dijo alguien que quiero mucho:
“El barco no se puede hundir… no con hijos a bordo.”
Lo que aprendí (y me hubiera gustado saber antes)
Aprendí que soy una mamá mucho más fuerte de lo que imaginaba. Que tengo una fuerza interior que se activa en los momentos más duros, cuando no queda otra opción que seguir. Aprendí que migrar no es solo cambiar de país, sino reconstruirse desde adentro.
Entendí que avanzar era lo único posible: aprender inglés, adaptarme a la cultura, hablar incluso con miedo, caminar incluso con cansancio, soltar lo que pesaba y aprender a elegir bien qué batallas merecen energía.
En ese proceso, los podcasts fueron mi refugio. Me acompañaban mientras limpiaba, cocinaba o caminaba sola por calles desconocidas. Y el soporte emocional de mi familia —aunque estuvieran lejos— fue mi ancla, mi polo a tierra.
La soledad también fue parte del viaje. Una soledad que no siempre se puede explicar, pero que te transforma. Porque poco a poco, una se adapta. Se obliga a crear nuevos círculos, a sonreír sin entender del todo, a recordarse cada día por qué empezó y enfocarse en eso.
Si pudiera volver atrás, me obligaría a perderle el miedo al inglés desde el primer día. A practicar más, a lanzarme con errores y todo. Porque una cosa es estudiar inglés desde casa, y otra muy distinta es vivir en un país donde lo necesitas para absolutamente todo. Esa, sin duda, es una de las barreras más grandes, pero también una de las llaves más poderosas para abrir nuevas oportunidades.
Una carta a la Jenn de 27 años

Si pudiera sentarme frente a esa Jenn de 27 años que llegó con ocho maletas, una hija aferrada a la mano y el corazón lleno de preguntas, le diría:
Respira, que todo va a estar bien.
Aunque ahora todo parezca confuso, aunque sientas que nada tiene forma… confía. No tienes que tener todas las respuestas. Solo da un paso a la vez.
No te preocupes tanto, mejor ocúpate de vivirlo todo: lo bueno, lo difícil, lo nuevo. Abróchate el cinturón, porque esta montaña rusa te va a cambiar para siempre. Y aunque habrá subidas empinadas y bajadas inesperadas, créeme: todo lo que estás a punto de vivir te va a formar como nunca imaginaste.
Sí, lograste renovar tus visas cuando lo necesitaste, aunque a veces parecía imposible.
Sí, María aprendió inglés, se adaptó, floreció.
Sí, validaste tu carrera, construiste un camino migratorio y lograste ser residente australiana.
Sí, ahora hablas inglés todos los días y te comunicas con el mundo sin miedo.
Sí, visitaste a tu familia varias veces y tu mamá vivió contigo un año entero en Australia.
Y sí, volviste a sentirte tú, aunque diferente… más valiente, más consciente, más tú.
No tengas miedo.
Aún con dudas, aún con lágrimas, aún con cansancio… lo estás haciendo bien.
Y un día —no muy lejano— vas a mirar atrás y vas a entender que todo esto tenía sentido.
Que no estabas perdida, estabas transformándote.
Con amor,
Tu yo del futuro.
Más suave, más fuerte y más libre que nunca.
Si estás pensando en migrar…
No tengo todas las respuestas sobre esta aventura australiana, ni sobre la vida misma.
Pero sí tengo algo que no cambio por nada: la certeza de que, incluso con miedo, fui valiente.
Y si estás leyendo esto buscando una señal…
Tal vez sea esta.
Da el paso. Aunque no tengas todo claro, aunque tiemble un poco la voz. A veces, lo que más nos transforma comienza con una decisión valiente y un corazón dispuesto.
